"La historia que nadie contó": Carmen Guillén llena de memoria el teatro Ginés Rosa con el relato de las mujeres represaliadas por el franquismo

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La historiadora mazarronera presentó en Totana su libro "Redimir y adoctrinar", una investigación de doce años sobre el Patronato de Protección a la Mujer que en menos de tres meses ha llegado a su cuarta edición

La historia que nadie contó: Carmen Guillén llena de memoria el teatro Ginés Rosa con el relato de las mujeres represaliadas por el franquismo

Esta tarde de sábado, 25 de abril, mientras buena parte de Totana celebraba el tradicional sanmarqueo, decenas de vecinos optaron por un plan distinto: asistir a la presentación de una obra que rescata una de las realidades más desconocidas y silenciadas de la historia reciente de España.. El Teatro Ginés Rosa del Centro Sociocultural La Cárcel acogió la presentación de Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la Mujer (1941–1985), de Carmen Guillén, historiadora de Mazarrón que lleva doce años desentrañando una institución que el franquismo levantó para encerrar mujeres y que la democracia tardó diez años en clausurar.

Había un nutrido grupo de personas en la sala. Lo dijo ella misma, visiblemente emocionada, al arrancar el turno de preguntas: "Yo llevo trabajando este tema diez o doce años. En muchas ocasiones he ido a dar charlas y había en el público cuatro o cinco personas, y dos eran mis padres. Ver que este tema empieza a despertar cierto interés social me da mucha alegría."

I. Un café en el Calabaza y un mensaje de Instagram

El acto fue organizado por el Centro Cultural y Obrero de Totana, cuya presidenta, María Elena Aránega, abrió la presentación con la honestidad de quien no disimula cómo se hacen las cosas. Agradeció al Ayuntamiento el uso del teatro, "un espacio acogedor y cargado de historia, sí, de esa que muchos y muchas quieren que olvidemos", y explicó el origen del acto con la naturalidad de una historia que empieza en lo cotidiano.

Todo comenzó con Álvaro Calvo, historiador totanero que había actuado como guía en un free tour por el cementerio civil de la Almudena de Madrid. Después de aquel tour —"del que nos quedan varias anécdotas graciosas", apuntó Aránega— Calvo se instaló en Totana y se incorporó al Centro Cultural y Obrero. Una mañana tomando un café en el Calabaza le habló a Aránega de Carmen Guillén y de su tesis doctoral. Unos días antes de la publicación del libro, Aránega le escribió por Instagram. Y Carmen Guillén dijo que sí.

"Gracias, Carmen, por venir", dijo Aránega. "Y gracias también a Editorial Crítica y a nuestro amigo y librero de confianza Daniel Martínez Meca", de la Librería Faro, que vendió ejemplares a la salida para que la autora los firmara.

Calvo tomó la palabra para agradecer la convocatoria en un día "complicado en Totana por aquello de sanmarquear y todo eso" y presentó el libro con un detalle que anticipaba el tono de la tarde: el título lleva la palabra "Protección" tachada. "Vamos a ver por qué es así", dijo, antes de ceder la palabra a la autora.

II. 1183 cajas, una inundación y 31 cajas

Carmen Guillén estudió historia y se especializó en historia contemporánea de España, con el franquismo como foco. Llegó al Patronato de Protección a la Mujer por casualidad, buscando otras cosas en un archivo. Lo primero que descubrió fue que nadie había hablado de ello antes, y lo explicó con una precisión que dejó claro que no era exageración: "No es que no me hubiesen hablado de eso. Es que yo no lo había leído en ningún libro, nadie había hablado de eso en ningún congreso, en ninguna charla, en ningún seminario."

Al acercarse a la institución por primera vez, encontró el grueso de la documentación en un archivo de Madrid: 1183 cajas sin clasificar, sin ordenar, trasladadas al sótano. "Yo dije: siete tesis hago con esto." Pero siempre hay un pero. Una inundación en los años 90 destruyó casi todo. Hoy solo se conservan 31 cajas. "Yo dije: pues no puedo hacer la tesis." Entonces entendió por qué nadie había hablado de ello antes: "Simplemente, este tema no se puede abordar."

Lo que hizo fue buscar por los márgenes: archivos provinciales, hemerotecas, resquicios documentales. Y las supervivientes, cuando por fin empezaron a hablar.

III. El silencio que duró décadas

Guillén identificó tres razones por las que el Patronato había permanecido invisible durante tanto tiempo. La primera fue la destrucción documental. La segunda, el silencio de las propias supervivientes: "No querían hablar porque tenían sentimientos de culpa. Tenían miedo a que las señalaran y dijeran: 'Si te metieron ahí por algo sería.'" Solo Consuelo García del Cid, pionera en sacar a la luz esta historia, quiso contarla desde el principio. El resto tardó décadas.

La tercera razón es la más estructural: cuando la historiografía empezó a abordar la represión franquista, lo hizo primero en torno al sujeto masculino. Fusilamientos, cárcel, exilio, depuración. Después se incluyó a las mujeres en esos mismos procesos represivos. "Y creo que ahora estamos en un momento en el que estamos ampliando la mirada y asumiendo que ha habido una represión específica y concreta solo para las mujeres, que tiene que ver con su cuerpo y con su conducta, y cuyo brazo ejecutor principal ha sido esta institución."

IV. La buena mujer y la mala mujer

Durante el franquismo, la identidad femenina estaba casi directamente vinculada a la sexualidad. La sexualidad de la mujer importaba a tres niveles: individual, como símbolo de pureza y virginidad; matrimonial, como responsable del placer del marido; y nacional, como generadora de nuevos individuos para la patria. "Por eso su sexualidad se va a controlar mucho, se va a controlar su cuerpo, su capacidad reproductiva."

La sexualidad masculina, en cambio, "salvo en el caso de la homosexualidad, no es que esté reprimida, sino que está reivindicada". Guillén usó dos ejemplos que arrancaron el reconocimiento del público: la entrevista televisiva en que El Fary proclamaba su desprecio por "el hombre blandengue, ese que lleva las bolsas de la compra y empuja el carrito del bebé", y las canciones de Julio Iglesias, cuya identidad pública giraba entera en torno a la conquista sexual como símbolo de éxito.

El concepto de "mujer caída" nació como apelativo para la prostituta, pero sus fronteras se fueron borrando hasta convertirse en una etiqueta que podía aplicarse a cualquier mujer que no encajara en el modelo nacional-católico: sumisa, abnegada, decente, vinculada al hogar. "Hoy seríamos todas mala mujer", dijo Guillén. El público asintió.

V. Suspirar demasiado por los hombres

El Patronato tomaba como público objetivo inicial a menores de edad, aunque con el tiempo amplió su radio de acción. Los motivos de internamiento, explicó Guillén, eran "absurdos y ambiguos". La mayor parte giraban en torno al concepto de inmoralidad, que, como señaló, "está un poco en los ojos de quien mira".

Hay casos documentados que hablan por sí solos. Una joven fue internada porque "suspiraba demasiado por los hombres". Otra, porque había conocido a un músico de la comparsa de Marisol y "se echó a perder". Guillén añadió el matiz con una sonrisa: "Me gusta mucho ese detalle de la comparsa de Marisol."

Las niñas que ingresaban en los centros —tenían entre 16 y 21 años— eran habitualmente trasladadas a otra ciudad distinta a la suya. Era un cálculo deliberado. "Las religiosas asumían que iba a haber fugas. Si te llevaban a otra ciudad, en el momento de la fuga no tenías red de apoyos, no podías acudir a familia, amigos, a nadie." Muchas terminaban cometiendo pequeños actos delictivos para sobrevivir, lo que justificaba un encierro más prolongado. "Era un círculo vicioso en el que muchas veces el propio Patronato desencadenaba que esas chicas cometieran algo que ya justificaba quedarse más tiempo."

VI. Silencio, oración y trabajo

El día a día dentro de los centros ha podido reconstruirse gracias a los testimonios de las supervivientes, porque la documentación oficial, como señaló la autora, "es muy amable: todo familiar, grato, régimen acogedor, aquí estás muy bien". Pero cuando una mujer que pasó dos o tres años de su vida en uno de esos centros cuenta cómo era el día a día, la imagen es completamente diferente.

Tres palabras reaparecen en todas las entrevistas: silencio, oración y trabajo. El silencio era sistemático: no se permitía hablar para evitar vínculos afectivos, para prevenir fugas colectivas, para que no se formaran redes de apoyo. "Para mí es una forma de violencia sistemática contra estas niñas."

La oración ocupaba muchas horas del día: misas, rosarios, ejercicios espirituales. "La única vía para meterlas en vereda era la religión." El resultado fue paradójico: "Cuando hablas con ellas, dicen: 'Aquello era una fábrica de ateas.' Muchas entraron siendo creyentes y salieron cuestionando la religión."

El trabajo —entre ocho y diez horas diarias— consistía en bordado, zurcido y pequeñas manufacturas cuyos beneficios iban a parar a las congregaciones religiosas, que los subcontrataban con empresas externas. Mientras tanto, esas horas eran horas que no se invertían en educación. "Son niñas muy jovencitas que están en proceso educativo y de formación." Una de las demandas actuales del colectivo de investigadoras y supervivientes es que esos años sean reconocidos como años trabajados y cotizados a la Seguridad Social.

VII. Las monjas y la paradoja de la misericordia

Una de las preguntas del público fue directa: ¿cómo encajaban las congregaciones religiosas esa labor con sus propios principios de misericordia? Guillén respondió con la misma franqueza: "Me encantaría saberlo." Y luego explicó: adoratrices, oblatas, cruzadas evangélicas, salesianas —la lista era amplísima— venían de una tradición de siglos en la llamada "redención femenina". "Ellas entendían que esas mujeres no tenían valor desde el punto de vista moral y que ellas estaban haciendo algo positivo. Y si no le entraba por las buenas, le tenía que entrar por las malas."

Y si eso significaba tener a una niña de dieciséis años diez días en una sala de aislamiento, o dejarla dormir en un patio en pleno invierno como castigo, o hacer fregar de rodillas a embarazadas, pues se hacía. "Desde luego, poco o nada comulga con el ideal de misericordia y de bondad que defienden estas congregaciones. Es paradójico, desde luego."

VIII. Cómo sobrevivió hasta 1985

La pregunta que más interés generó, y que la propia Guillén reconoció como la que más le había ocupado al inicio de su investigación, fue cómo una institución de esas dimensiones pudo sobrevivir diez años después de la muerte de Franco.

La respuesta tiene varias capas. La primera: el Patronato tenía un nombre amable. "Patronato de Protección a la Mujer. ¿Por qué va a ser esto malo? Además, es un nombre que viene de la República." No se percibía como un exceso franquista que hubiera que eliminar. La segunda: las congregaciones religiosas que lo gestionaban estaban tan integradas en el paisaje social que nadie cuestionaba lo que hacían dentro. "Las dos abuelas que le pregunté me dijeron lo mismo: 'Eso del Patronato de Protección a la Mujer no lo había oído nunca. Pero sí que había oído muchas veces que si me portaba mal me iban a llevar con las monjas.'"

La institución terminó no por una decisión política explícita sino por la puerta de atrás: en 1983, una interna de quince años murió en circunstancias confusas —¿suicidio?, ¿intento de fuga?— en un reformatorio de San Fernando de Henares. El alcalde intentó entrar. Las religiosas se negaron. Tuvo que venir el presidente del Consejo Superior de Menores a dar permiso. Lo que encontraron dentro —niñas privadas de libertad sin posibilidad de salir aunque sus padres lo pidieran, salas de aislamiento llamadas "de catarsis y reflexión", condiciones de vida que ellas describían como pasar hambre y frío— desencadenó el proceso de desarticulación. No mediante una ley que declarara la institución incompatible con la democracia, sino, significativamente, mediante una ley de presupuestos que le retiró la financiación. Entre 1984 y 1985 fue desapareciendo de manera paulatina. Sin declaración, sin reconocimiento. Por la puerta de atrás.

IX. Loli y los bebés robados

El Patronato fue también uno de los dispositivos donde se produjo el fenómeno de los bebés robados, aunque Guillén matizó que la mayor parte de los casos a los que ella ha tenido acceso han sido de adopciones forzadas: un proceso de erosión constante con el que convencían a las madres de que no tenían recursos económicos, ni familiares, ni morales para criar a sus hijos, hasta que firmaban la adopción. "No es lo mismo que el robo, aunque el resultado a veces era el mismo."

Habló de Loli. Loli se quedó embarazada dos veces por los abusos de su padre, fue internada en el centro y le quitaron a los hijos. Los encontró años después. Hoy tienen relación.

Guillén la describió con la misma distancia cuidadosa con que describió a otras: "Ella te lo cuenta de una manera como si fuera casi que en tercera persona. Han conseguido de alguna forma resignificar su narrativa personal para que no solamente la historia se conozca, sino que se reivindiquen ciertas cosas: que se incluyan en los planes de estudio, que se las reconozca como víctimas de la represión franquista, que se haga una comisión de investigación, que se abran los archivos eclesiásticos."

El 20 de marzo de este año, apenas un mes antes de esta presentación, las supervivientes fueron reconocidas oficialmente como víctimas de la represión franquista en un acto organizado por tres ministerios. Sus nombres quedaron incluidos en el BOE. Los lugares donde existieron reformatorios del Patronato han sido declarados espacios de memoria histórica. "Fue un acto en el que ellas vivieron una especie de catarsis colectiva. Sentían que habían alcanzado una meta que durante mucho tiempo habían perseguido."

Cuando Guillén empezó su investigación en 2014, solo Consuelo García del Cid había querido hablar. Hoy hay en torno a sesenta mujeres que han dado su testimonio. Desde que el libro se publicó, doce más han contactado con ella. Muchas ni siquiera sabían que lo que habían vivido tenía nombre.

X. La caja de resonancia y la película pendiente

Juan Cánovas Mulero, cronista oficial de Totana, tomó la palabra para felicitar a la autora y al Centro Cultural y Obrero con su estilo propio: "Nos brindáis esta posibilidad, no creas que es fácil poder acercarnos este tipo de información." La autora agradeció preguntando por la relación entre el Patronato y la Sección Femenina. Guillén marcó la diferencia con precisión: la Sección Femenina adoctrinaba. El Patronato privaba de libertad. "Son reformatorios, son centros de reclusión. La Sección Femenina no tenía ese dispositivo de control del cuerpo tan grande."

Antes, en la charla con Calvo, Guillén había abordado algo que la sala escuchó con especial atención: la asignatura pendiente de la divulgación. Doce años de investigación. Una tesis que leyeron su tribunal, sus directores y poco más. Un libro que llega a más gente, pero no tanto. "La caja de resonancia de una tesis doctoral es mínima. La de un libro así es más grande, pero tampoco mucho más." Lo que podría cambiar las cosas, dijo, es una película. "Todo el mundo sabe lo que eran las lavanderías de la Magdalena en Irlanda porque hay un montón de películas: Philomena, Esas pequeñas cosas. Hay gente que no se va a leer nunca mi libro, ni va a escuchar un programa de radio sobre esto, pero a lo mejor sí va al cine." Y añadió: "Parece que están rodando algo. Estaremos atentos."

XI. Lo que queda debajo del suelo de un instituto

Un asistente que había crecido en el barrio madrileño de Peñagrande, donde existió el mayor centro maternal del Patronato —capacidad para 1000 personas, hoy convertido en instituto de educación secundaria—, contó que en el barrio nunca se había hablado de Patronato. Se hablaba de "la maternidad". Preguntó cómo acercar esa historia a los vecinos que la tienen literalmente bajo los pies.

Guillén respondió con lo que sabe que funciona: charlas, conferencias, presencia en institutos. "Mi experiencia en los institutos siempre es muy positiva. Hay como un proceso primero de mirarme así, como diciendo: 'A ver qué rollo nos va a contar esta señora.' Y luego poco a poco, conforme van entrando, les pongo testimonios de mujeres, les muestro expedientes, fichas, documentación. Ven que no es algo que yo estoy contando porque sí, sino que ellos mismos están viendo el relato en las fuentes. Yo veo un cambio en sus caras."

En Peñagrande hay una placa, puesta por Manuela Carmena, que está fuera del edificio. El grupo de investigadoras trabaja ahora en un mapa lo más completo posible de todos los espacios que todavía están en pie. "Para que por lo menos se sepa."

El acto concluyó con Carmen Guillén firmando ejemplares, rodeada de personas que querían preguntarle algo más, o simplemente agradecerle que hubiera venido un sábado de sanmarqueo a contarles una historia que lleva demasiado tiempo esperando ser contada.

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